La historia es una, pero cada uno tiene una historia alrededor de ella.

En mi caso, la historia de Los Soprano es la historia de una liturgia familiar. Durante años, después de cenar, nos sentábamos los cuatro y procedíamos. Siempre tenía que poner el disco la misma persona, el que controlaba los mandos. Cada uno tenía su sitio en el sofá. Como siempre, sí. Pero en esos momentos era más propio.

Se apagaban las luces, se encendía la HBO y se hacía el silencio. Ese sonido era lo primero. Inolvidable, de los que se quedan grabados, como el Movierecord de los cines o el THX de Lucasfilms. Nunca se pasaba directamente al capítulo, ni siquiera cuando veíamos dos o tres seguidos, y sólo en dos o tres ocasiones, cuando la trama se aceleraba, tuvimos la tentación de saltarnos ese paso previo.

Y ahí estaba la música. Woke up this morning. Y Jersey, y el puro, las fábricas, los camiones, los puentes, Satriale’s. Aida Turturro también, claro. Sólo ver el nombre en los créditos era suficiente, a veces, para torcer el gesto. Como diciendo “No perteneces, largo.”

Y Tony Soprano. Un cabrón fascinante. EL cabrón fascinante, con la cara de mala hostia casi  a todas horas. Como todos los cabrones fascinantes, tenía algo que hacía que se apagase la guía moral. Ya le podías ver despreciando a Carmela, o reventándole los dientes a alguien, que daba igual. Por eso son tan peligrosos esos tipos. No por lo que hacen, sino porque consiguen que racionalicemos casi cualquier cosa que hagan.

Y los patos. Los famosos patos. No podía evitar identificar a mi padre con Tony Soprano en ése y algún que otro momento. Por varias razones, aunque ninguna de ellas tenía nada que ver con su profesión o con su carácter, afortunadamente.

Así que ahí estábamos los cuatro, cada uno con sus historias, todos los días.  A veces éramos cinco, cuando mi abuela se quedaba una temporada, y al recordarlo, al recordar sus comentarios cada vez que salía el gordo, la veo de nuevo y no puedo evitar sonreír. Y después, cada uno a lo suyo. A veces comentábamos lo buena que era la serie, a veces lo bueno que había sido el capítulo, casi siempre lo mala que era la hermana.  Pero todos los días, durante muchos años, compartimos esos cincuenta minutos como familia.

¿Y The Wire? The Wire ya fue otra época, más reciente. Nos pilló a cada uno en otro sitio, más o menos. Y fue diferente.

Esta noche celebraremos en familia el cumpleaños de mi madre. Tal vez haya hueco para rendir homenaje a Tony Soprano, después de cenar, recordando la antigua costumbre.

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