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1- A todos nos resulta mucho más fácil expresarnos en nuestra lengua materna. Se pueden aprender varias lenguas más, lo que permite la comunicación con personas de fuera de nuestro entorno y abre la puerta a nuevas oportunidades, pero esa comunicación será siempre más fácil cuanto mayor sea nuestra familiaridad con la lengua empleada.

2- Hay determinadas tareas que requieren un grado de complejidad más elevado que el habla común. La docencia, por ejemplo, requiere que el profesor sea capaz de expresar ideas abstractas de tal modo que sus alumnos puedan comprenderlas. Lo que en muchas ocasiones implica adaptar el mensaje, alterarlo y presentarlo de múltiples maneras hasta conseguir dar con la forma más adecuada para que el alumno lo entienda.

3- La otra cara de la docencia, el aprendizaje, también requiere un grado elevado de familiaridad con la lengua. Una persona con conocimientos básicos de inglés, en el mejor de los casos, podrá entender las situaciones que se presentan en una novela o en una película, captar el tema de una canción, y mantener una conversación no demasiado compleja en esa lengua sin demasiadas dificultades. Pero en el proceso educativo se presentan problemas y formas de pensar que exigen ir más allá del uso habitual de una lengua.

4- En primer lugar, la comprensión no puede ser la misma en la lengua familiar que en la lengua que se está aprendiendo. En segundo lugar, la expresión evaluable de lo aprendido, lógicamente, también será necesariamente más rudimentaria. Y esto no es sólo una cuestión instrumental. No se trata simplemente de que el pensamiento ha de ser expresado mediante el lenguaje y que cuanto mayor sea el dominio del lenguaje, mejor será la expresión; el problema es que el pensamiento es en sí mismo lenguaje, y por lo tanto la capacidad de generar pensamientos complejos va unida al grado de dominio de la lengua en la que se generan. Dicho de otro modo, el aprendizaje consiste principalmente en entender problemas, teorías y conceptos, observar relaciones, extraer implicaciones, y ser capaz de expresarlas con palabras. Es decir, es un proceso más complejo que la simple memorización.

5- ¿Quiere esto decir que es imposible lograr un grado de dominio de una lengua tal que nos permita manejar adecuadamente las habilidades comunicativas presentes en la docencia? No exactamente. Con la exposición adecuada, un profesor será capaz de expresarse en una lengua con la suficiente soltura como para que su trabajo no se vea afectado. Del mismo modo, un estudiante también sería capaz de entender y ordenar ideas en otra lengua.

6- ¿Cuál es el problema, entonces? El problema es el coste. Dejando de lado al profesor, que al fin y al cabo no es más que la parte reemplazable del proceso educativo, el alumno de Primaria y de Secundaria va a la escuela para lograr determinadas competencias en diferentes asignaturas. La complejidad del proceso va aumentando (en teoría, al menos) según se van superando los cursos, y por lo tanto el dominio del lenguaje ha de ir también en aumento. Este proceso de dominio del lenguaje tiene una parte específica con presencia en el currículo, la asignatura de Lengua y Literatura, pero también una parte difusa, que es la exposición a esa lengua fuera del aula. En su familia, en su círculo de amigos o cuando lee y escucha esa lengua, el alumno no deja de aprender nuevas expresiones, giros o palabras. Así, el rendimiento en las pruebas PISA de Lectura se ve afectado positivamente por el tiempo que dedican a la lectura por gusto o diversión (página 21). Del mismo modo, y en este caso refiriéndonos no sólo a la competencia lectora sino al rendimiento en las tres pruebas, el apoyo de los padres a edad temprana (hablar con los hijos sobre lo que han aprendido o leerles cuentos), también tiene un impacto significativo. En resumen, cuanto mayor sea la familiaridad del alumno con la lengua de aprendizaje, mayor será su rendimiento, y esta familiaridad se consigue dentro y fuera del aula.

Pero estábamos hablando del coste. Decíamos que es posible que un alumno consiga un dominio de la lengua aprendida suficiente como para poder expresarse en ella en igualdad de condiciones con su lengua materna. ¿Cómo? Aumentando la exposición a la misma. Si el principal objetivo en ese momento es el aprendizaje de la lengua, no hay mayor problema. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando el aprendizaje de esa lengua se produce durante la etapa educativa, y más aún, cuando esa lengua que aún no se domina vehicula el aprendizaje del resto de las materias? En ese caso, para que el alumno consiga un dominio suficiente de la lengua en la que estudia y así su rendimiento no se vea afectado negativamente, habrá que dedicarle más tiempo a esa lengua, en detrimento de las otras materias de estudio… con lo que probablemente el rendimiento en esas materias también terminaría por verse afectado.

Por lo tanto, si el alumno ve significativamente mermado su rendimiento cuando no realiza las pruebas en la lengua familiar, y al mismo tiempo consideramos que el sistema educativo debería tener como objeto principal al alumno, habría que proponer que la lengua vehicular fuera aquella que le permitiera obtener mejores resultados.

Ahora bien, si se defiende que el objetivo principal de la educación consiste en aumentar el conocimiento y el uso de la lengua minoritaria porque es algo en sí mismo beneficioso o para que ésta no se pierda, la propuesta será que aumente la dedicación del alumno a la lengua no familiar, asumiendo el impacto negativo en el rendimiento del alumno en otras materias.

Y aquí es cuando empezamos a abordar la cuestión central, que consiste, más que en determinar el coste exacto, en averiguar si merece la pena o no. Si es rentable, en lenguaje económico.

Cabe preguntarse si hay un beneficio real para el alumno castellanoparlante de modelo B o D que compense ese coste, más allá del hecho de que está obligado a demostrar que es capaz de expresarse en euskera si quiere vivir en sociedad. 

Quedan muchas cuestiones por plantear y desarrollar, que iré abordando con el paso del tiempo.

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