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Reconozco que de entre todos los espectáculos indignados, las concentraciones contra los establecimientos que deciden abrir los domingos son los que más perplejidad me causan. Sobre todo si tenemos en cuenta que en el caso de la CAV, la tan denostada liberalización se reduce a, como máximo, ocho domingos al año.

En un ejercicio de doblepensar* a la altura de las mejores perlas comunistas, se suele argumentar que la apertura en domingos no es libertad, sino esclavitud. No es libertad, se supone, porque “obliga” a los trabajadores a trabajar en domingo. Pero la obligación de ir a trabajar en domingo no es diferente de la obligación de fichar, de trabajar en horario flexible, o de percibir una parte del sueldo en complementos ligados a la producción. No es esencialmente denigrante ni atenta contra la salud. Los panaderos, socorristas y quioskeros, por poner tres ejemplos, llevan años haciéndolo. Todos ellos acuden a su puesto de trabajo porque la alternativa (quedarse en casa y no cobrar) es menos apetecible.

*(La confusión en torno al concepto de obligación llevada al paroxismo, en este titular de PúblicoEl Gobierno obligará a liberalizar los horarios en 14 ciudades turísticas. Propone a las comunidades autónomas elevar en 2013 de ocho a diez el número mínimo de domingos y festivos en los que pueden abrir las tiendas)

Curiosamente, a pesar de rechazar esa libertad de horarios porque crea una supuesta obligación, no parece que los sindicatos tengan reparos a la hora de obligar a otros a quedarse en casa cuando a la central de turno le parece adecuado. Esta imposición, en realidad, es “libertad.” Y además por su bien. Para quienes crean que 1984 es sólo ficción…

Podría hacer como Sócrates y pensar que, en el fondo, lo que les lleva a cometer esos atentados contra la libertad y la lógica es la ignorancia. Tal vez desconocen en qué consiste realmente la libertad, y en qué sentido las relaciones sociales deben ser entendidas a la luz de su significado. La libertad ha de ser entendida, sencillamente, como ausencia de obligación. “Mi libertad termina donde empieza la de los demás” significa que puedo actuar según me plazca, siempre y cuando esas acciones no impliquen una obligación a otras personas. Si no se acepta esta definición se cae en una contradicción lógica, o al menos en una definición de libertad que no es universalizable.

Lo que debemos tener en cuenta, y ahí parece estar el meollo de la cuestión, es que hay acciones en las que no se dan elementos coactivos pero sí afectan de algún modo a las acciones de otras personas. Esto es inevitable desde el momento en que vivimos en sociedad, y en cierta manera, beneficioso. Incluso en el caso de que me perjudiquen, no se puede decir que esas acciones atenten contra mi libertad, salvo que concibamos la libertad no como ausencia de obligación, sino como ausencia absoluta de límites.

Por mostrarlo con un ejemplo, cuando alguien compra todas las barras de pan de una panadería, condiciona a todos los que estaban esperando su turno. Tendrán que quedarse sin pan o ir a otra panadería. Pero ese “quedarse sin pan” no es un robo, del mismo modo que “ir a otra panadería” no es una obligación. Puede ser un inconveniente, claro, pero si tuviéramos que prohibir todas las acciones que presentan inconvenientes a otras personas, estaríamos muy cerca de justificar un estado totalitario para defender una libertad absoluta que no existe.

Volviendo al caso, cuando un empresario decide abrir los domingos está condicionando las acciones de otras personas en más de un sentido. Está condicionando al trabajador que en lugar de descansar tiene que acudir a su puesto, y también, tal vez, a las tiendas de la competencia que deciden abrir los domingos para no perder clientes. Pero el trabajador y las tiendas rivales siempre pueden decidir que valoran más el descanso, y asumir las consecuencias de sus acciones. Lo que no pueden hacer es obligar a otros a que dejen de hacer algo porque les afecta negativamente, y no pueden hacerlo porque el motivo que alegan es, precisamente, que no aceptan la “obligación” de trabajar en domingo.

En resumen, todos aquellos que se manifiestan en contra de la apertura en días festivos lo hacen en nombre de una supuesta obligación que no es tal, y además pretenden que mediante la ley (o la presión social) se obligue a esos empresarios y trabajadores a gestionar su vida laboral teniendo en cuenta las preferencias de otros. Habría que preguntarle a Marije Fernández, responsable de Comercio de ELA, si realmente es necesario que las asociaciones de comerciantes, trabajadores y consumidores den su consentimiento para que una persona pueda abrir su tienda cuando le dé la gana.

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