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Comencé a estudiar Filosofía con 17 años y terminé la carrera con 21. La sensación de haber pasado demasiado tiempo levitando sobre el mundo, teorizando sin tener en cuenta la realidad, fue creciendo hasta alcanzar su punto más alto en el tercer curso. Es verdad que hubo bastantes clases interesantes, pero casi todas venían desde los márgenes, desde la Filosofía de la Ciencia o del Lenguaje. El resto, el núcleo duro y metafísico, oscilaba entre los profesores con cierto prestigio diciendo cosas no demasiado fundamentadas o incluso absurdas, y los profesores directamente absurdos. Y el problema no eran estos últimos. El problema era que algunos de los profesores más reconocidos se empeñaban en atentar a diario contra buena parte de las características esenciales del pensamiento racional, y a eso lo llamaban “clase magistral.” Una buscada ausencia de claridad, una también buscada confusión en torno a los criterios de evaluación, desprecio absoluto por la iniciativa del alumno… definitivamente algo fallaba.

Y ese algo era, en buena parte, el lenguaje. Un profesor nos decía aquello de que muchos de los problemas de la filosofía no deben ser resueltos sino disueltos, puesto que son pseudo-problemas derivados de un mal uso del lenguaje, y al mismo tiempo otro nos sacudía a diario con aforismos que (re)velaban una su-puesta(de sol, el ocaso) (ver)dad lúcida/lúdicaEn los descansos, en nuestras discusiones más terrenales manejábamos argumentos éticos y políticos prescriptivos (se debería hacer esto o lo otro) que no tenían en cuenta cómo funcionaba aquello sobre lo que se estaba teorizando. Y daba igual, porque sabíamos lo que había que hacer.

No todo lo que decíamos partía de un mal uso del lenguaje; a veces partía simplemente de la nada. Emitir juicios de valor sin haber analizado el problema sobre el que se estaba debatiendo era lo normal. Al fin y al cabo éramos filósofos jóvenes, y la Nada no era nadie para nosotros. Pero para ser justos, no era culpa de la Filosofía. Ese modo de razonar sin examinar los hechos, de proponer soluciones sin entender el problema, era y sigue siendo la norma dentro y fuera de la Universidad.

Y así como si no se tiene en cuenta el sentido de una proposición es muy probable que acabemos por enredarnos en problemas filosóficos que no son otra cosa que problemas mal planteados, así también la mayor parte de las discusiones políticas suelen derivar en opiniones de barra de bar si no asumimos ciertas nociones básicas de economía. Y cuando digo economía no me refiero a reducirlo todo a un análisis coste-beneficio. El enfoque económico de los problemas no tiene que ver con la rentabilidad, sino que consiste en tener presentes cosas como que nada es realmente gratis, o que detrás de las consecuencias inmediatas de una medida política -de lo que se ve en un primer momento- suele haber consecuencias imprevistas.

Un ejemplo de lo primero (los problemas filosóficos como malos usos del lenguaje) podría ser la pregunta por el sentido de la vida. Podemos decir que consiste en ser feliz, o en “realizarse” como ser humano, o incluso que la vida carece de sentido. A partir de esto último podríamos afirmar que el hecho de que la vida no tenga sentido implica que no existe el Bien, o que todo vale, o que somos nosotros los que tenemos que crear ese sentido. Y podemos hacerlo incluso mediante aforismos. El sentido de la vida no se conoce, se siente, o Que la vida carezca de sentido es un sinsentido… Cosas así. Pues bien, en cualquiera de los casos mencionados, lo que no estamos haciendo es plantearnos qué queremos decir realmente cuando hablamos de “el sentido de la vida.” Estamos dando soluciones a un problema mal planteado. Y a no ser que nuestra intención esté más cerca de la creación artística que de la búsqueda de un conocimiento más o menos cierto, tendremos que reconocer que las respuestas que parten de un problema mal planteado no son válidas. Y esto es sólo el principio; es muy fácil empezar a preguntarse por el sentido de la vida y terminar en el posmodernismo.

Este proceder apresurado y acrítico es el que, decíamos, se encuentra presente también en buena parte de nuestras discusiones políticas. Cuando decimos, por ejemplo, que habría que prohibir a las empresas nacionales llevar sus plantas de producción a otros países; o que deberíamos aumentar la ayuda a los países con economías menos desarrolladas; o que deberíamos establecer un salario mínimo y endurecer el despido para proteger a los trabajadores, o subir los impuestos para recaudar más, o, de manera más general, cuando nos lamentamos porque el mundo va cada vez peor debido al escaso control de la economía, estamos proponiendo soluciones sin haber analizado el problema, sin tener en cuenta, por ejemplo, que los incentivos importan muchísimo más que las intenciones.

Proponemos maneras de arreglar el mundo sin detenernos a estudiar cómo funciona el mundo, porque estamos seguros de que nadie va a pedirnos que fundamentemos nuestras opiniones. Y sabemos que nadie nos pedirá un mínimo de rigor porque si las discusiones requiriesen una actitud más cercana a la tranquila observación de un científico que a la de un hincha en un partido, si no fueran pasionales, si no se pudiera gesticular y lanzar frases rimbombantes, si no fuera posible acabar con la pobreza imprimiendo billetes, entonces seguramente no merecería la pena. Porque, contrariamente a lo que se cree, el saber sí ocupa lugar. Ya hemos dicho que nada es gratis. Y enfrentarse a la naturaleza humana para entenderla en lugar de refugiarse en utopías de toda índole suele generar frustración. 

Al pensar en estas cosas me acuerdo de la 11ª Tesis sobre Feuerbach de Marx: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.” Es cierto que lo que critica es precisamente el idealismo contemplativo y su falta de contacto con la realidad práctica, pero en ella se puede observar -al margen de la interpretación estricta- algo de esa actitud que hemos ido comentando. Cuando Marx teoriza sobre el valor objetivo, sobre la inevitabilidad del advenimiento del comunismo, o sobre la ley de hierro de los salarios, está despreciando la Historia y la Economía. Y es posible que lo hiciera no por error o desconocimiento, sino porque pensaba que tratar de entender el mundo para saber hasta qué punto y cómo se podría transformar era algo burgués, propio de una lógica que no tiene nada que ver con la lógica proletaria. Las razones por las que esta actitud goza aún de tan buena salud, por desgracia, las desconozco.

 

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